El código neuroemocional comunica, a través de la red neuronal, un intimo propósito biológico

hombre en la red

La medicina ve a la enfermedad como la alteración del estado normal del ser vivo. Entonces éste pierde su salud. Yo me pregunto: ¿Puede esta alteración,  llamada enfermedad, tener un sentido biológico? ¿Qué quiere comunicarnos nuestra propia enfermedad? Desde la BIONEUROEMOCIÓN se advierte el sentido biológico de la enfermedad y se advierte la necesidad de comprender la enfermedad, de entenderla como una incoherencia emocional que indica que la enfermedad no es nada externo y que, por lo tanto, no hemos de atacarla.

El propósito biológico del ser humano es la supervivencia. Ante las adversidades generamos un estrés responsable de provocar unas respuestas adaptativas y necesarias que alteran nuestro estado normal. Hemos de comprender lo que ocurre, porque su comprensión nos acerca a nuestro estado de salud. El gran conocido psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, dijo:

“La enfermedad es el esfuerzo que hace la naturaleza para curar al hombre. Por lo tanto podemos aprender mucho de la enfermedad para encontrar el camino de regreso a la salud, y lo que al enfermo le parece indispensable rechazar contiene el verdadero oro que no ha sabido encontrar en ninguna parte”

Algunos expertos nos dicen que el ser humano, en realidad, no se pone enfermo; porque él es un enfermo. Son cuestiones que se han planteado doctores en medicina y psicólogos como Rüdiger Dahlke y Thorwald Dethlefsen. Ellos en 1990 extendieron sus ideas  por todo el mundo. Ellos nos dicen:

“Cuando el pulso y el corazón siguen un ritmo determinado, la temperatura corporal mantiene un nivel constante, las glándulas segregan hormonas y en el organismo se forman anticuerpos. Estas funciones no pueden explicarse por la materia en sí sino que dependen de una información concreta, cuyo punto de partida es la conciencia. Cuando las distintas funciones corporales se conjugan de un modo determinado se produce un modelo que nos parece armonioso y por ello lo llamamos SALUD. Si una de las funciones se perturba, la armonía del conjunto se rompe y entonces hablamos de ENFERMEDAD…

Ahora bien, la pérdida de armonía se produce en la conciencia, en el plano de la información, y en el cuerpo sólo se muestra. Por consiguiente, el cuerpo es vehículo de lo manifestación o realización de todos los procesos y cambios que se producen en la conciencia…

Por lo tanto, es un error afirmar que el cuerpo está enfermo -enfermo sólo puede estarlo el ser humano-, por más que el estado de enfermedad se manifieste en el cuerpo como síntoma. (¡En la representación de una tragedia, lo trágico no es el escenario sino la obra!).”

El Dr. Santiago Rojas Posada recomienda leer “La enfermedad como Camino”, libro escrito por las personas  que he mencionado antes. Pero también recomienda seguir a la terapeuta Louise L. Hay y leer “Amor, Medicina Milagrosa”, de Bernie Siegel. Entonces, nos dice él, al comprender estos conceptos podremos entender que la enfermedad no es algo malo, ni negativo, que en realidad no se deba de luchar con ella; sino que tenemos de entenderla. El Dr. Rojas, inspirado en su experiencia terapéutica y en las ideas de los anteriores médicos, psicólogos y terapeutas, nos comenta:

“La enfermedad es la consecuencia de nuestros actos de vida actuales o  pasados y directamente relacionados con nuestra forma de pensar y de sentir. Tiene lugar con el objeto de indicarnos que el camino que hemos tomado no es el más correcto y que debemos aprender a encontrarlo. Por eso, es individual y única, pues cada ser humano es un ‘mundo diferente’, aunque se relacione estrechamente con su entorno.”

Lo más importante de las aportaciones del Dr. Rojas y los demás médicos y terapeutas son las ideas que me llevan a ver la enfermedad de forma diferente. Y por tanto, a buscar otra manera de abordaje terapéutico. Rojas nos dice:

“El organismo se enferma para poderse adaptar al sistema, y no hay que corregir los síntomas de la enfermedad sino ir a sus causas –que están dadas en nuestra forma de actuar y de pensar a todos los niveles-.”

Me estoy dando cuenta que la naturaleza utiliza a la enfermedad del ser humano con un sentido biológico muy importante. Él de preservar la existencia de nuestra especie.

Hoy en día, cuando la investigación médica busca la mejor evidencia científica para justificar  la utilización de un tratamiento terapéutico, debemos de cambiar la visión de nuestro paradigma. Dejando de ver el cuerpo humano desde el paradigma mecanicista y contemplarlo desde un nuevo visión; la del  paradigma computarizado. Con este nuevo paradigma podemos ver a todo nuestro ser como un complicado robot, regido por un complejo ordenador (el sistema nervioso) cargada de conexiones y códigos que quieren preservar la existencia de la especie a toda costa. Entonces, nos damos cuenta, nuestro ser emplea complejos programas codificados que hacen lo imposible por crear las mejores condiciones para preservar nuestra vida.

Todo ello me plantea unas preguntas interesantes que no pueden dejarnos indiferentes. Porque de ellas depende una nueva medicina. Debemos plantearnos resolver la cuestión siguiente:

¿Cómo podemos detectar estos códigos?

Y lo más importante, está cuestión nos va a llevar al siguiente planteamiento:

¿Cómo podemos cambiar los códigos que alteran el estado normal del ser humano?

Una de las personas que más ha investigado en esta línea es el Dr. Ryke Geerd Hamer. Tuvo que pasarle una desgracia para empezar a cuestionarse cómo la enfermedad se relaciona con un hecho acontecido de manera traumática en la historia de vida de la persona. El Dr. Hamer trabajaba como médico en una clínica ginecológica. En 1978, tras la muerte accidental de su hijo Dirk, padece un cáncer de testículo. Su esposa, que es oncóloga, desarrolla un cáncer en su pecho izquierdo. Hamer se cuestiona cómo es posible que dos personas sanas y relativamente jóvenes, desarrollen un cáncer. Entonces, relaciona como hecho determinante la muerte de su hijo. El matrimonio, como es normal, viven esta muerte inesperada y antinatural como un hecho traumático. El Dr. Hamer aprovecha, las condiciones especiales que le permite su trabajo en la clínica ginecológica, para llevar a cabo una tarea de investigación sobre los programas de seno y ovarios. Esto le permite hacer unos descubrimientos cruciales. En sus investigaciones empezó a hacer algo que es muy básico. Pero que en realidad los médicos actualmente no hacen. Él empezó a conversar con el paciente para saber su opinión sobre la causa de su enfermedad. Empieza a preguntar a los enfermos de cáncer del hospital si han vivido, antes de la aparición del cáncer, alguna historia o algún incidente muy traumático en su vida. Para su sorpresa, encuentra que absolutamente todos refieren una historia muy dramática vivida antes de la aparición de la enfermedad. Con todo ello empieza a comprender que la llamada enfermedad no es más que un proceso lleno de sentido. Este proceso se comprende a través de la evolución del ser, de su historia de vida. Es un programa biológico especialmente codificado que la naturaleza pone en marcha. El Dr. Hamer, entonces, reconoce:

“Finalmente tuve que preguntarme si nuestro entendimiento y nuestro concepto de enfermedad no habían sido completamente erróneos, debido a nuestra ignorancia acerca del propósito biológico de la enfermedad.” 

Ahora, podemos decir que lo que eran simples malestares y molestos síntomas resultan ser esos programas codificados y especiales que tienen el pleno sentido otorgado por la madre naturaleza. A través de ellos se nos ofrece la oportunidad de poder recuperarnos y compensar los desgastes provocados por ese conflicto biológico. La naturaleza nos ayuda con estos programas para regenerar nuestra funcionalidad. Si observamos bien, comprendiendo lo que nos ocurre y sin tener pánico, volveremos de nuevo a estar curados y regenerados. Se ha observado que entre los animales ese mismo proceso se produce sin problemas. Ellos en un 80 ó 90% sobreviven espontáneamente, sin terapias.

En cambio, nosotros como seres humanos, necesitamos de una terapéutica o por lo menos de un método que nos ayude en el proceso de recuperar la salud. Sin duda la BIONEUROEMOCIÓN es uno de los mejores métodos de consulta y acompañamiento que ayudan a las personas a percibir de otra forma la problemática que les ha llevado a enfermar.

Nosotros desde SATEM queremos ofrecerte este método. Puedes ser acompañado, en tu proceso de recuperar tu salud, por Juanjo Valero con el método de Bioneuroemoción en nuestro centro.

También seguiremos escribiendo sobre Bioneuroemoción para que comprendas más tu organismo y para que estés informado del método.

Si te gusto el artículo, puedes compartirlo, eso nos motivará a seguir escribiendo. Gracias.

José Maria Nebot López

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El solsticio de verano

Verano_jugando en la playa

El 21 de junio, el día más largo del año, marca el inicio del verano. Toda la naturaleza está en pleno desarrollo y florece con esplendor. Nuestro propio ánimo aumenta y estamos más dispuestos a realizar actividades físicas. Nos sentimos más vitales, más jóvenes, más llenos de luz y más alegres. Debemos compartir esas sensaciones con nuestro entorno. El Sol nos aporta esta energía yang de movimiento. Por eso debemos aprovechar la radiante energía solar. Un baño de Sol ni demasiado largo, ni muy caliente es perfecto. Podemos, con ello, tener una idea del goce que el cuerpo puede sentir en esta época del año. Así, aprovechando la energía del verano, mantendremos un cuerpo exultante y vivo.

El verano, con sus días más largos, nos invita a acostarnos tarde; sus noches más cortas nos invitan a despertarnos temprano. Nuestra actividad se acelera y se hace desbordante. Pero cargados de energía y con el elemento Fuego a nuestro favor podemos hacer frente a esta actividad. El Fuego se relaciona con el movimiento, con la creatividad y con la intuición, que se corresponden también con el elemento Madera, asociado secundariamente al verano, ya que la Madera genera el Fuego que, a su vez, crea la Tierra. Por ello las personas regidas por el Fuego progresan mediante su gran actividad. Dominados por el planeta rojo, Marte, son apasionados. Sienten intensamente sus emociones, pero suelen actuar con buen juicio. Hiperemotivos e hipersensibles, ponen toda su sensibilidad al servicio de su creatividad. Les gusta luchar por las grandes causas humanitarias y les gusta darse por amor a las grandes ideas, a las artes y a los pensamientos espirituales.

El verano se asocia al color rojo, al sabor amargo, a los vasos sanguíneos, a los órganos de corazón e intestino delgado. El corazón es el encargado de regular la circulación de la sangre. Pero, además, tiene su connotación romántica y afectiva. La rosa roja es el símbolo del amor y podemos enrojecer de emoción al recibir rosas rojas. El intestino delgado se acopla con el corazón. Esta asociación orgánica, en primera apariencia es incoherente a los ojos de la fisiología occidental. Sin embargo, es perfectamente explicable: la arteria celíaca, que parte de la aorta, irriga toda la zona digestiva y en especial el intestino delgado que gracias a sus vellosidades, es capaz de contener un importante volumen de sangre. Este órgano, se encarga de transformar y transmutar los alimentos que ingerimos en sustancias que la sangre puede absorber y que, a través de ella, circulan hasta el hígado, donde son distribuidas inmediatamente o almacenadas para utilizarlas más adelante. La transmutación es una propiedad del fuego, razón adicional que coloca al intestino delgado con el corazón en el elemento Fuego. El sabor amargo tonifica el corazón y el intestino delgado. Lo encontramos en hortalizas amargas y plantas de hoja verde: escarola, endivia, semillas tostadas, café. Otros alimentos que revitalizan y dan energía en verano son los rojos, como: cerezas, fresas, frambuesas, pimientos rojos, manzanas rojas y sandía. También podemos beneficiarnos, en verano, de tomar legumbres en especial la lenteja roja y cereales como el maíz.

Solemos celebrar el solsticio de verano, unos días más tarde de su llegada, con la verbena de San Juan. El fuego será el protagonista. El elemento Fuego, que se encuentra en nuestro interior, nos guía en el camino si sabemos escucharlo. Nos enseña la ley del corazón, del amor. En la vida hemos de aprender a amar, a amar de forma incondicional. La lección del elemento Fuego es tener confianza en la intuición, desarrollar la apertura del corazón, amando a los seres con una misma mirada cálida. También nos enseña otra lección la de la humildad y suscita en cada uno de nosotros el poder de la plegaria como indicativo de máxima humildad.

Cultivemos en nuestro microcosmos o en nuestro universo interior el fénix que simboliza nuestro sol interior. Capaz de renacer de las propias cenizas consumidas por el calor del fuego. Manifestando el poder transcendente de la transformación. Nuestro corazón palpita y el calor del verano invita a salir, a vivir fuera, para exponerse al Sol, para disfrutar de la vida. Permitiendo el acercamiento entre los seres humanos. Ese acercamiento que permite percibirse y reconocerse en el fuego de nuestros corazones y desde la mirada humilde del amor incondicional, sintiendo que todos somos uno.

José Maria Nebot López

Fisioterapeuta y osteópata de SATEM